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La luz de un hombre


Me estaba esperando. No osaría decírmelo, pero me esperaba y cuando me ha visto, antes que yo entrara, algo le ha brincado dentro. Su rostro, acostumbrado al férreo gobierno de la voluntad, no denota emoción alguna, pero yo sé que está iluminado bajo aquel embozo de dominio. Mi percepción, aunque atraviesa la carne, siempre es discreta y respetuosa y le saludo con brevedad al franquear la puerta, perdiéndome rápidamente después en el interior.

Es un hombre tímido y pienso que, quizá, no comprende que un ojo experto aprecia el brillo de la luz singular, por más que ésta venga envuelta en los más extraños o vergonzosos ropajes. Y cuando la encuentra no puede más que maravillarse complacido.

Siempre me han fascinado los ojos velados; y él los tiene así, naturalmente entornados y profundos, marrones, con una sombra que parece que se inclina, que fuga hacia el horizonte de otro mundo. Porque a él le gusta experimentar los mundos que todavía no existen.
Las pocas veces en que se determina a mirarme veo también el memorable rastro de un yo salvaje, fuerza y razón en uno, escondido en su cuerpo grande que es como el tótem de un oso, furor berserker. Su barba bien recortada se difumina bajo una nariz de perfil recto, sostiene como un dedo oscuro el poderoso labio inferior, y huele agradable cuando —no hay remedio, piensa, turbado—, tengo que acercarme a él. 

Posee una voz grave de radiante modulación, que me atraviesa y me retumba dentro del pecho como la reverberación impetuosa de un tambor. Esboza unas palabras igual de torpes que las mías y luego me empuja suavemente hacia fuera, sin tocarme, no se atrevería a hacerlo. 

Ha huido. No importa, no deseo más, sólo ese minuto. Ese minuto en que su hermosa luz me ha envuelto.

La noche se apodera de la ciudad.