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noviembre 18, 2009

Heroínas oscuras

Queridos amigos, me faltan dedos en las manos para contar las veces que he "decidido" echar el cierre al blog, por llamarle de alguna forma a esta ensalada múltiple de sombras pegajosas y extrañas luces brillantes que preparo por las noches, cuando me siento más bruja. No os fiéis de los horarios de mis entradas, debido a mi famosa habilidad informática creo que están en acuerdo con el meridiano de la Patagonia, o mientras en Sebastopol es la hora de la siesta.

Días de Noche, suelo etiquetar estas circunstancias llenas de misterios (como mínimo psicoanalíticos) en los que escribo para vivir, cuando el ambiente del alma me es desbordante, singular, cuando rezo en voz bajita la oración de los falsos inválidos: "Señor, quiero caminar... Bueno, no... yo quiero correr... Esto..., quiero decir... ¡lo que quiero es volar!" Y vuelo, vaya si vuelo. Vuelo dentro de mi cuerpo, emulando a mis heroínas particulares, brujas también.

Heroínas de letras, heroínas de papel, de humo de cigarrillo. Tías que crían docenas de gatos en casa y tocan la guitarra eléctrica en sus ratos libres; poetisas oscuras que duermen con espíritus y escriben con sangre sobre las tumbas de los cementerios; hechiceras que echan mal de ojo y caminan sobre zapatitos de cristal; damas guerreras que matan por amor, mujeres de hierro con el corazón de puro caramelo, de las que no se sabe si son ángeles o merecerían poblar los infiernos.

Y siempre vuelvo aquí, lugar común de mí conmigo con vosotros, a escribir para vivir.


Juliette Lewis ejerciendo de heroína en la película "Días extraños".

septiembre 27, 2009

A ocho manos

Así se imagina uno los masajes cuando está en un estado de nervios lo que se dice horroroso. Y aún parecen poco.
Como las rosas, me encuentro bella y fragante; y llena de espinas de crispación que si te acercas demasiado te harán llorar de dolor, por lo cual decidí darme un masaje sensacional -de sentidos-, por partida doble -ocular y auditivo-, por ver si aliviaba la tensión del amarre de espíritu que llevo, que si bien es transitorio no por ello es menos intenso, y de aspecto y hechos claramente demoledores.


No nos rasguemos las vestiduras, corazón de melón mío. Nos hemos ido al Jardín Botánico, donde los pájaros cantan y las nubes se levantan. Sí, corazón mío, a la sombra tranquila de los árboles exóticos, envuelta en olores de tierra que regenera, donde campan a sus anchas gatos de todo color (sí los acaricias te baja la tensión de manera automática).
Allí, a pasear como si fuera un tatuaje, la espina que se clava por dentro, y a contar los pasos que nos quedan para alcanzar la felicidad, ganada a golpe de lágrima y esfuerzo. Relajación.


Y después, para que no decaiga, un concierto, del cuarteto de guitarra Eon Guitar Quarter. Allí mismo. A ocho manos, sí señor, que te entra por los oídos y se te reparte por todos los poros en divina proporción. Programa de lujo: obras de L. Bocherini, J. Rodrigo. J. Turina, A. Dvorak y P. Bellinati... desde el clásico, al jazz, pasando por la música tradicional acústica brasileña. Más relajación. Más bienestar.

Ay, corazón mío, estamos mejor. Menos mal que existe Dios, y los jardines, y los cuartetos de guitarra.


Conciertos en el Jardín Botánico de Valencia. Más información: http://www.jardibotanic.org/culturaicomunicacio.php?tipo=9&grup=si

agosto 30, 2009

Ouka Leele

Ouka Leele (Bárbara Allende) se marchó a Nueva York, que es lo que hacen todos los artistas cuando quieren serlo, y más si su formación es autodidacta, como es el caso. Por fortuna volvió a los pocos meses, horrorizada, tristísima, para encontrarse con un Madrid en plena efervescencia de la Movida.
Presumimos que se lo pasó pipa, cómo no; y sabemos que trabajó horrores y fue una artista incomprendida y maldita.
El tiempo, que todo lo pone en el lugar que corresponde, dió su sitio a esta mujer que fotografiaba en blanco y negro y después pintaba lo fotografiado, a mano, al más puro estilo "hago lo que quiero".
Ouka Leele ha sabido fantasear la realidad, y tiene la habilidad y el talento de mostrarlo al resto de los mortales. A mí me hace soñar.



























Y para terminar tres autorretratos...







Se pueden ver dos de sus obras originales ahora mismo en Valencia, en la fundación Bancaja Obra Social, y además gratuitamente, dentro de la exposición "Doce artistas en el Museo del Prado".

agosto 18, 2009

TRON 2010

Cuando en 1982 la Disney produjo la película Tron, ésta fue un estrepitoso fracaso de público. La crítica alabó poco más que unos efectos especiales que brillaban mucho. Algunos de ellos fueron hechos por ordenador (por primera vez en la historia del cine) y otros arrancados al truco de los efectos ópticos, filmando en B/N y coloreando la película con posterioridad.
Tron lastraba un guión "blanco" made in Disney, en el que los buenos eran bondadosos hasta la candidez, y el efecto del mal ni siquiera llegaba a los extremos de la muerte de la madre cierva en Bambi, pero tenía un aquel indefinible que provocaba la sensación de otra realidad. Nada menos que el nacimiento de un concepto nuevo: la realidad virtual.


Esta película he llegado a verla como... cuarenta o cincuenta veces, sin saber que aquel estilo gráfico fue imaginado por uno de mis artistas de cómic favoritos (Moebius), ayudado por un tal Syd Mead, el que luego haría lo propio en otra de mis películas favoritas (Blade Runner). He aquí una de las escenas más famosas de Tron:



Por cierto que Disney lo ha vuelto a hacer, sí señor. Esta vez utilizando sin ningún pudor la generación de imágenes por ordenador por la que fue tan vilipendiada. El resultado podrá verse el año que viene en las pantallas de cine y promete mayores oscuridades, a tenor del trailer que ya va rodando por ahí. La fe de una servidora ya le atribuye incluso un argumento más maduro, que se apoya en lo espectacular sin cerderle todo el protagonismo. De momento, echemos un vistazo...

agosto 11, 2009

Un cuento tierno de vampiros (II)

Si a los escritores les hubieran dicho que debajo de la mesa había un vampiro agazapado, podrían haber ocurrido dos cosas. La primera era que huyeran despavoridos escaleras arriba, atropellándose unos a otros con gran tumulto; la dueña de la tienda asistiría estupefacta a la desbandada, sonriendo interiormente ante la certeza de que Dios debía de haber escuchado sus súplicas. Después tal vez se habría preguntado porque habían corrido de aquella manera hacia la salida, y eso no le habría hecho tanta gracia, pues llevaba semanas barajando explicaciones, a cada cual más imaginativa, que justificaran su temor a bajar al sótano.
La segunda opción era que los escritores invitaran al vampiro a contar su historia, también atropellándose unos a otros, con el fin de emular a esa escritora famosa que le hizo una entrevista a uno y hacía ya tiempo que se bañaba en oro. Si no hubiera sido en un sótano, es seguro que el futuro entrevistado se les habría derretido con el sol del amanecer antes de que se pusieran de acuerdo en quien explotaba el sobrenatural filón. No es que fueran, en esencia, malas personas, pero la desesperación y el hambre de reconocimiento (y a veces de economía saneada) que acucian al artista incomprendido puede llegar a extemos difíciles de aceptar por el interesado, y vergonzosos para cierto número de mortales que contribuye, sin ninguna vergüenza por cierto, a matar los más tiernos brotes de las letras obligándoles a que se escondan en sótanos oscuros donde nunca llega la luz.


Pero al fin nada de esto ocurrió, porque el vampiro, debajo de la mesa, era muy cuidadoso. Con la delicadeza de un gourmet tomaba, de una en una, las manos de aquellos a los que el güisqui había inducido un coma temporal. Les abría pequeños cortes en la yema de los dedos, debajo de las uñas, con unos dientes de vampiro finísimos como alfileres, y sorbía en silencio, extasiado, hasta saciarse. Después, desde la oscuridad de las estanterías, el empacho de la mezcla alcohólica le impedía amonestar al gato, que se había aficionado a repasar todas las heridas apurando las últimas gotas de sangre a golpe de lengua, sellándolas además con la saliva antibacteriana felina, y terminando así de ocultar el acto perpetrado por su amo.
El vampiro se dejaba arrullar por las últimas conversaciones, algunas demenciales, pero en todo caso más fantásticas y descabelladas si cabe que las que se habían desarrollado al principio de la tertulia, lo cual ya era decir. Se quedaba adormilado, y a veces soñaba con héroes que rescataban doncellas de las garras de lagartos gigantes, con magos que hacían salir chispas azules de sus varitas y con ángeles raros que repartían dudosos dones a los niños que se habían portado mal. Ese último debía de ser su caso, no cabía duda. El gato, que se llamaba Sol pero era más negro que el carbón, se hacía un ovillo encima de sus piernas, y fingia dormir mientras se relamía los restos de sangre en sus patitas peludas.
Ya pasaban de las once de la noche cuando la dueña bajaba las escaleras, armada con una escoba y una bayeta, que blandía ante ella como si fueran espada y escudo. Las luces arrojaban en el sótano más sombra que otra cosa, rumores indefinidos serpenteaban a ras de los tobillos y un olor a güisqui, entre dulce e insoportable, impregnaba sus cabellos recogidos en una pulcra coleta. Por los ventanucos que daban a la calle se veían pasar las piernas de los viandantes a toda prisa; había comenzado a chispear. Cuando la pequeña silueta se deslizó en dirección a sus pies estuvo a punto de desfallecer.
-¡Oh!, pero si sólo es un gatito -dijo la mujer, aliviada, tomando al minimo en sus brazos-. ¡Uy, qué mordisco me has dado! Se nota que tienes hambre...
Al ver la escena, se dió cuenta de que volvía a quedarse solo. Era lógico, Sol no podía alimentarse únicamente de sangre, aunque a tenor de los intentos que hacía con la dueña cualquiera lo diría. En unos días estaría domesticado, comiendo colas de pescado, durmiendo en una esterilla de lana, y ya no se acordaría de él.

Los ojos del vampiro relucieron en la oscuridad como brasas gemelas, alimentadas por el fuego del desamor. La maldición del ángel malo progresaba adecuadamente.