Si a los escritores les hubieran dicho que debajo de la mesa había un vampiro agazapado, podrían haber ocurrido dos cosas. La primera era que huyeran despavoridos escaleras arriba, atropellándose unos a otros con gran tumulto; la dueña de la tienda asistiría estupefacta a la desbandada, sonriendo interiormente ante la certeza de que Dios debía de haber escuchado sus súplicas. Después tal vez se habría preguntado porque habían corrido de aquella manera hacia la salida, y eso no le habría hecho tanta gracia, pues llevaba semanas barajando explicaciones, a cada cual más imaginativa, que justificaran su temor a bajar al sótano.
La segunda opción era que los escritores invitaran al vampiro a contar su historia, también atropellándose unos a otros, con el fin de emular a esa escritora famosa que le hizo una entrevista a uno y hacía ya tiempo que se bañaba en oro. Si no hubiera sido en un sótano, es seguro que el futuro entrevistado se les habría derretido con el sol del amanecer antes de que se pusieran de acuerdo en quien explotaba el sobrenatural filón. No es que fueran, en esencia, malas personas, pero la desesperación y el hambre de reconocimiento (y a veces de economía saneada) que acucian al artista incomprendido puede llegar a extemos difíciles de aceptar por el interesado, y vergonzosos para cierto número de mortales que contribuye, sin ninguna vergüenza por cierto, a matar los más tiernos brotes de las letras obligándoles a que se escondan en sótanos oscuros donde nunca llega la luz.
Pero al fin nada de esto ocurrió, porque el vampiro, debajo de la mesa, era muy cuidadoso. Con la delicadeza de un gourmet tomaba, de una en una, las manos de aquellos a los que el güisqui había inducido un coma temporal. Les abría pequeños cortes en la yema de los dedos, debajo de las uñas, con unos dientes de vampiro finísimos como alfileres, y sorbía en silencio, extasiado, hasta saciarse. Después, desde la oscuridad de las estanterías, el empacho de la mezcla alcohólica le impedía amonestar al gato, que se había aficionado a repasar todas las heridas apurando las últimas gotas de sangre a golpe de lengua, sellándolas además con la saliva antibacteriana felina, y terminando así de ocultar el acto perpetrado por su amo.El vampiro se dejaba arrullar por las últimas conversaciones, algunas demenciales, pero en todo caso más fantásticas y descabelladas si cabe que las que se habían desarrollado al principio de la tertulia, lo cual ya era decir. Se quedaba adormilado, y a veces soñaba con héroes que rescataban doncellas de las garras de lagartos gigantes, con magos que hacían salir chispas azules de sus varitas y con ángeles raros que repartían dudosos dones a los niños que se habían portado mal. Ese último debía de ser su caso, no cabía duda. El gato, que se llamaba Sol pero era más negro que el carbón, se hacía un ovillo encima de sus piernas, y fingia dormir mientras se relamía los restos de sangre en sus patitas peludas.
Ya pasaban de las once de la noche cuando la dueña bajaba las escaleras, armada con una escoba y una bayeta, que blandía ante ella como si fueran espada y escudo. Las luces arrojaban en el sótano más sombra que otra cosa, rumores indefinidos serpenteaban a ras de los tobillos y un olor a güisqui, entre dulce e insoportable, impregnaba sus cabellos recogidos en una pulcra coleta. Por los ventanucos que daban a la calle se veían pasar las piernas de los viandantes a toda prisa; había comenzado a chispear. Cuando la pequeña silueta se deslizó en dirección a sus pies estuvo a punto de desfallecer.
-¡Oh!, pero si sólo es un gatito -dijo la mujer, aliviada, tomando al minimo en sus brazos-. ¡Uy, qué mordisco me has dado! Se nota que tienes hambre...
Al ver la escena, se dió cuenta de que volvía a quedarse solo. Era lógico, Sol no podía alimentarse únicamente de sangre, aunque a tenor de los intentos que hacía con la dueña cualquiera lo diría. En unos días estaría domesticado, comiendo colas de pescado, durmiendo en una esterilla de lana, y ya no se acordaría de él.
Los ojos del vampiro relucieron en la oscuridad como brasas gemelas, alimentadas por el fuego del desamor. La maldición del ángel malo progresaba adecuadamente.