Voy a decir algo y sólo lo diré una vez: me gustó la película "Crepúsculo". Sí, es aséptica, melosa, romántica y ñoña; una a veces tiene ciertas debilidades supuestamente inmorales, que no deben ocultarse so pena de causar más vergüenza por dentro que por fuera.
Por lo demás, tras la saturación publicitaria de la película y su correspondiente visionado, he llegado a la conclusión de que los amantes del terror vampírico nos merecemos otra vez vampiros que muerdan con ganas. Vampiros sucios, malvados, sangrientos, lujuriosos y, si nos apuran, con una pizca de elegancia canalla, que es lo que de verdad nos gusta a pesar de nuestras flaquezas ocasionales. En este caso concreto que actúen a modo de desatascador para engullir los productos como Crepúsculo (y sus secuelas, para los reincidentes), digerirlos y olvidarse de ellos haciendo penitencia y promesa de no pecar de nuevo en un mismo acto de contricción.
Para conseguirlo por la vía rápida, y ya que sospecho que el futuro no augura por el momento buenas noticias, me traigo unas imágenes de esas otras películas de todos los tiempos, "las otras", que fueron muchas y muy disfrutadas. Algunas de ellas tienen guiones un tanto controvertidos en cuanto a su calidad, pero de todas se puede entresacar al menos una escena memorable.
EL BAILE DE LOS VAMPIROS
DRÁCULA 2000
EL AMANECER DE LOS VAMPIROS
30 DÍAS DE OSCURIDAD
UNDERWORLD
ENTREVISTA CON EL VAMPIRO LA REINA DE LOS CONDENADOS
VAN HELSING
DRÁCULA DE BRAM STOKER
Por si cupiera alguna duda de la diferencia y para dejar nuestro espíritu en paz y armonía sin igual, hay que acometer la mejor escena de "Abierto hasta el amanecer", y que viva el savoir faire vampiro de Salma Hayek por los siglos de los siglos.
Siempre me he preguntado como se hace eso: poner la mente en blanco, parar el reloj, vaciarse de contenido. Desaparecer de uno mismo, interrumpir el eterno diálogo interior, dejar de ser.
Lo que tienes que hacer es dar alas a tus pensamientos, permitir que fluyan uno tras de otro, observarlos sin aferrarte a ninguno de ellos, como si fueran un río que no se detiene por tí.
La verdad que no lo he logrado, o tal vez en sueños. Pero mi buen amigo, Vagabundo de la Desolación, a veces lo vuelve a intentar, y me muestra imagenes como estas que aquí dejo.
Tal vez me acercan todo lo que me puedo acercar.
"Yo honro el lugar dentro de tí donde el universo reside. Yo honro el lugar dentro de tí de amor y luz, de verdad y paz. Yo honro el lugar dentro de tí donde cuando tú estás en ese punto tuyo y yo estoy en ese punto mío, SOMOS sólo UNO".
«Admiro su pureza. Es un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos, ni las fantasías de moralidad».
Los muy fans reconocerán esta frase. Pronunciada como epílogo por un humanoide traidor, refiriéndose al monstruo Alien que sembraba la muerte en la nave espacial Nostromo, podría resumir igualmente la naturaleza del protagonista de hoy. Es un ser puro, al que no se puede juzgar mediante criterios humanos puesto que está más allá de ellos. Es un cazador perfecto, es el gran predador de un mundo hostil, fluido de oscuridad, en el que nuestra condición no pasa del status de presa. Es el único animal que cierra los ojos piadosamente cuando mata. Es su majestad, el tiburón blanco. Fue adorado como un dios en las arcaicas culturas polinésicas, donde los hombres-tiburón encarnaban las legendarias epopeyas de un pueblo vuelto hacia el mar. Herodoto ya lo quiso describir en torno al 500 a.C., cuando asistió al infortunado naufragio de un barco persa. Pero el primero que se fijó en él desde una perspectiva racionalista, más allá del acervo religioso o la aterradora narración de un encuentro en los que monstruos marinos devoran a los tripulantes de las naves siniestradas, fue Aristóteles. El sabio pudo contemplarlo durante su estancia en la isla de Lesbos, en el 350 a.C., y lo incluyó en su libro Historia Animalium, donde describe su anatomía y comportamiento. Fue él quien se dio cuenta de que este pez difiere de todos los demás en que sus hendeduras branquiales están expuestas al descubierto, característica única que da nombre a los elasmobranquios, las 800 especies vivas de tiburones que existen en la actualidad. Pero el gran tiburón blanco, en concreto, nos reserva sorpresas en especial fascinantes.
Su panza es por completo blanca para camuflarse con la luz exterior si es visto desde abajo, pero el lomo gris oscuro le hace invisible en las aguas cuando es visto desde la superficie. Posee un cuerpo de torpedo hidrodinámico cuyo esqueleto es en su mayor parte cartilaginoso, lo que le confiere una rapidez y dinamismo legendarios; sus enormes dientes triangulares tienen bordes serrados, y la mandíbula superior está desacoplada del cráneo, con lo que puede proyectarse hacia fuera de manera espectacular. Tiene un comportamiento social complejo, forma grupos para cazar. Necesita estar en constante movimiento para poder respirar; el macho dispone de dos penes, por si en alguna refriega perdiera uno de ellos; las crías son capaces de devorarse unas a otras en el vientre de la madre para asegurar la supervivencia de la más fuerte. Se dice de él que es una máquina de matar, pero creo que es absolutamente falso, dentro de todas las falsedades que se han vertido sobre él. El tiburón blanco es una máquina de sentir. Orientada a la supervivencia, sí, a la consecución del alimento, pero su letalidad es un elemento secundario que, lejos de restar un ápice a la fascinación que causa su belleza visceral, la acrecienta.
Su aparato sensitivo está extremadamente bien desarrollado, y sujeto a las órdenes de un cerebro de gran tamaño. Su olfato extraordinario detecta una gota de sangre en cientos de kilómetros en su derredor. Posee un sistema electrosensorial con el que ve «ve el aura» eléctrica de las posibles presas, incluso si están enterradas en la arena. Su sentido del tacto incluye un sistema de células especiales bajo el hocico, y una línea lateral a lo largo del cuerpo que localiza el más leve movimiento de las aguas. La colocación de los ojos le proporciona una completa perspectiva del entorno y su vista es excelente, tanto de día como de noche, incluso distingue los colores; así que no, nunca nos ha confundido con focas.
La Naturaleza ha conservado su estructura y su diseño casi divino desde la Prehistoria, remontándose a 400 millones de años de antigüedad. Desde ella nos mira este coloso y, como podría decir Steven Spielberg, ¿qué hay si no la muerte en los profundos, negrísimos ojos del tiburón blanco? Pero aunque semejante genialidad redundó en un merecido reconocimiento de su talento como director (con el consabido engrosamiento de la cuenta corriente), el cineasta se equivocaba. Al tiburón blanco le importamos un bledo, no nos va persiguiendo para devorarnos, ni tiene ansias de venganza. Eso sería… humano. Prefiere las focas y los leones marinos, cuyo contenido graso es esencial para el mantenimiento de cuerpo tan poderoso. La razón por la cual ha atacado a las personas es simple: quiere saber qué somos y si somos comestibles, pero utiliza su boca tal como nosotros usamos nuestras manos, ya que carece de ellas. Tal vez en algunas ocasiones, a falta de presas más apropiadas, ha sido un oportunista en busca de un aperitivo fácil, que no nutritivo, desde luego. Sin embargo, sus ataques a seres humanos, aunque se les ha concedido eco estrepitoso, son muy poco comunes.
Si os causara temor este bello animal, habréis de saber que tiene un depredador todavía más peligroso que él mismo. Lo cierto es que si yo fuera tiburón extendería mi natural curiosidad hasta el aniquilamiento, al menos uno proporcional al que el ser humano está llevando a cabo con su especie. Pues este titán de los océanos, muy longevo pero que produce escasas crías, está desapareciendo por nuestra causa. En vez de estar admirando, de lejos, su esplendor viviente, tenemos el cuajo de comérnoslo en forma de sopa. Y es que sólo el conocimiento neutraliza el miedo, y solo la falta de este promueve el verdadero respeto.
Si queréis ver al gran tiburón blanco haciendo lo que más le gusta podéis hacerlo aquí:
Es mi ojo la entrada del mundo El umbral grande de mi vida La lente perfecta que atraviesa la oscuridad Desvelando el arcano del alma de los seres.
Mi ojo es la entrada del mundo.
Es el tamiz estrellado de la bóveda del Cosmos El iris fecundado que obra prodigios Cristal mágico en que vuelco la maravilla Que me devuelve la obra del Creador.
Mi ojo es la entrada del mundo.
Cáliz de la experiencia donde me alimento Fanal del cielo íntimo en que despierto Es la mano que acaricia y la boca que habla El torrente que desborda y la espina que se clava.
La palabra chocolate proviene del azteca xocolatl (agua agria) designando la pasta de cacao machacado y tostado que los antiguos moradores de Suramérica consumían con chile. Fue importada a Europa por los españoles, y de ella decía Hernán Cortés que "cuando uno la toma, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse".
Esta crema nutritiva y energética hizo furor en Occidente, y es curioso que ello fue gracias a nuestras ordenes religiosas, tan propensas ellas a demonizar prácticamente todo lo que resulta placentero, que fueron las que tuvieron la ocurrencia de mezclarla con azúcar para aplacar su amargor. Y lo que es la contradicción: les dió por añadirle también leche, vainilla, canela, vino, almendras, nueces, huevos o frutas, es decir todo lo que pillara a mano, terminando por configurar un conjunto que ha hecho pecar al mundo mundial.
Sí, pecado mortal, pues las propiedades afrodisiacas del chocolate se cuentan entre las más conocidas de este procucto, y no se aleja tal condición del uso que le daban los aztecas, ya que lo incluían en sus rituales de matrimonio. La verdad que así las cosas a una le da por preguntarse que más nos habremos perdido de esta buena gente, a la que nuestros salvajes antepasados masacraron sin pudor.
El chocolate es rico en hidratos de carbono, grasas, fibra, antioxidantes, calcio, ácido fólico y vitamina A. Es anticancerígeno y estimulante, mejora la circulación sanguínea y disminuye el riesgo de infarto. Además promueve la secreción de serotonina y anandamida, psicotrópicos naturales que se segregan, por ejemplo, cuando nos enamoramos.
Después de comer chocolate uno puede perdonar a cualquiera, incluso a sus familiares.
Nada hace que un invitado sea mejor recibido que llegando puntual con una caja de chocolates.
El banco del amor no puede existir sin ingresos regulares de chocolate.
En el pastel de la vida los amigos son los tropezones de chocolate.
Nunca sucede nada tan malo que un poco de chocolate no pueda arreglar.
La vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar.